I.- El encargo.
Miedo. Todo el mundo les tenía miedo; hasta ellos mismos tenían miedo de sus propias sombras.
Sara no era una excepción; es más, ella sentía muchísimo miedo. Un miedo denso, que agarrotaba sus manos y sellaba sus labios cuando, de madrugada, resonaban las pisadas de esa feroz jauría subiendo apresuradamente por la estrecha escalera de madera del viejo edificio en donde residía en busca de algún sospechoso de desafección al régimen; un miedo agrio y profundo, que hacía temblar sus rodillas y la mutaba el gesto cuando veía entrar a los integrantes de la Brigadilla en el taller de costura en el que trabajaba, bajo la férrea vigilancia de la de CNT, demandando ropa nueva o un zurcido de emergencia que adecentase sus infames monos azules.
Pero… ¿Por qué si el miedo no la abandonaba, jornada tras jornada, había decidido dar un paso que podía costarle la vida? Para Sara era difícil obtener una respuesta clara, contundente y concisa. Eran tiempos extremadamente difíciles en los que Almería, prisionera entre su Alcazaba y el Mediterráneo, temblaba, sobre todo por las noches; la ciudad que la vio nacer llevaba así mucho, demasiado tiempo y quizá, de ello intentaba convencerse, mereciese la pena arriesgarlo todo para que aquel horror terminase cuanto antes.
Aquella soleada mañana Carmen la estaba esperando en la calle, de pie frente al escaparate del taller de costura. A pesar de que aún no había cumplido los cuarenta años de edad, su figura resultaba especialmente frágil y quebradiza. Su paso por la cárcel de Gachas Colorás, la prisión para mujeres con la que contaba el Gobierno de la República en la ciudad, había mermado considerablemente su condición física.
Al percatarse de la llegada de su pupila, la bordadora comenzó a caminar saliendo a su encuentro.
– Nos vamos de aquí – dijo, a modo de saludo, asiéndola con firmeza por el brazo.
Recorrieron la calle Mariana hasta que, dejando atrás los refugios construidos con motivo de la guerra, la Puerta Purchena apareció ante sus ojos.
– Anoche se llevaron a Marcos – continuó diciendo Carmen sin poder evitar que su voz se quebrase.
Un profundo gesto de preocupación se había instalado en su rostro. Para Sara, ese rictus no era nuevo; hacía ya unos meses, cuando los agentes del SIM (1) detuvieron a varios de los del grupo, esa misma expresión se adueñó del semblante de su maestra durante semanas.
(1) Siglas correspondientes al Servicio de Información Militar, agencia de inteligencia y seguridad de la Segunda República Española que actuó como policía política utilizando métodos represivos y torturas para alcanzar sus fines.
La modista se sentó en uno de los bancos que aún permanecían intactos después de los bombardeos. Posó su mano, con la palma extendida, en el ajado asiento de madera invitando a la joven a acomodarse a su lado.
Durante unos segundos, permanecieron en silencio. Sabían que después de cada arresto se desencadenaba una ola de detenciones. Marcos se derrumbaría, como todos los que caían en manos de esas bestias; llegaría un punto en el que el sufrimiento se tornase tan insoportable que delataría a los integrantes de la organización a quienes él personalmente conociese.
– ¡Quizá esto se nos haya ido de las manos! – se lamentó Carmen-. En un principio, antes de que te unieses a nosotros, tan solo éramos un grupo adscrito al socorro blanco (2). Ayudar a los presos, a los religiosos que eran perseguidos, a sus familias… Eso era todo lo que hacíamos…
(2) Organización activa durante el conflicto que operaba en la zona republicana amparando a las personas perseguidas por la policía del régimen tricolor por motivos políticos.
Aquellos que colaboran en aquella clandestinidad eran conscientes de que, con frecuencia, Carmen se había jugado el tipo llevando a cabo acciones muy arriesgadas en una ciudad tomada por las milicias del Frente Popular (3); no fue suficiente con mantener ocultos en su propia casa a un grupo de jesuitas que estaban siendo perseguidos por los milicianos, simular ser la esposa de un sacerdote a quien se proveyó de una falsa identidad para acompañarlo hasta Lorca, ya en tierras murcianas, propiciando así su huida o ayudar a decenas de personas, políticamente señaladas por los republicanos, a salir de la ciudad con destino a la zona nacional. Carmen siguió ocupándose de un asunto tras otro, hasta que, por las necesidades propias del devenir de la contienda, ya en el otoño de 1938, su grupo de colaboradores adquirió la consideración de una organización secreta en conexión con el SIPM (4) de los sublevados: la quinta columna (5) en Almería.
(3) Coalición de partidos de izquierda formada en 1936.
(4) Siglas correspondientes al Servicio de Información y Policía Militar, la agencia de inteligencia de la España nacional.
(5) Expresión utilizada para designar, en la España republicana, a un sector de la población que mantenía ciertas lealtades hacia el bando enemigo, suministrando información y llevando a cabo acciones de sabotaje.
La modista, que presidía Sindicato Católico de la Aguja de su ciudad cuando estalló la guerra, predicaba con el ejemplo sobre el deber de ayudar, en la medida de las posibilidades de cada persona, a quienes se veían afectados por el cruel enfrentamiento fratricida. Sus sólidas convicciones religiosas eran el principal fundamento de aquella labor, aunque el asesinato de su hermano menor, militante falangista, perpetrado por las milicias populares la hizo tomar conciencia de la trágica situación en la que se vio inmersa la nación desde aquel caluroso y sangriento verano del treinta y seis alineándose en secreto con los insurrectos.
Recuerda con pesar como el 19 de julio de 1936 se comenzaron a armar las milicias populares. Los enfrentamientos que se sucedieron por toda la capital dos días más tarde acarrearon un sinfín de detenciones que desembocaron en una prolongada tanda de fusilamientos sumarísimos, mientras que el fuego, tan intencionado como incontrolado, vivamente jaleado por la turba, consumía, una tras otra, las iglesias de San Juan, San Sebastián, Santiago, San José, San Antonio, San Roque…
Después llegó agosto y trajo consigo, además de la calima, sangre y más sangre. Desde el Casino Cultural, el autoproclamado Comité Central Antifascista organizó numerosas sacas de detenidos de las prisiones improvisadas que se dispusieron por toda la ciudad y de los buques fondeados en el puerto destinados igualmente para tal fin. El destino de todos ellos fue encontrar la muerte en un descampado, frente a las vallas del cementerio o en alguna escollera bañada por el Mediterráneo.
– Pero ahora debemos prestar nuestra ayuda a quienes están al otro lado – Carmen, haciendo a un lado tan dolorosos recuerdos hablaba despacio, impregnando a cada palabra de una profunda determinación -. Por lo que tengo entendido, y es de buena tinta, esta pesadilla puede acabar más pronto de lo que creemos. Y si en nuestras manos está hacer todo lo posible para que así sea…
El final de la guerra todavía se antojaba como una quimera. La sociedad civil, agotada por la barbarie, sometida a todo tipo de privaciones y restricciones, castigada reiteradamente por los bombardeos de los nacionales (6), agobiada por un férreo control político y policial ejercido por los acólitos del Frente Popular, pese a todo, mantenía en ese anhelo, en la llegada de tan sublime momento, su razón de ser revistiéndose del apresto necesario para aguantar, uno tras otro, un día más.
(6) Desde el verano de 1936 hasta abril de 1939 se registraron sobre la ciudad de Almería 53 ataques aéreos y un bombardeo naval llevado a cabo por la Kriegsmarine, la Marina de Guerra Alemana.
Sara notó como su corazón comenzaba a latir más fuerte. Hasta entonces, había ayudado a Carmen realizando tareas sencillas y relativamente poco arriesgadas. Pero de las palabras de su mentora se podía vaticinar que para ella había llegado el momento de involucrarse aún más en la organización.
Con una tenue sonrisa dibujada en los labios Carmen recorrió con la mirada el rostro de su pupila. Se fijó en sus ojos, brunos y grandes, del todo andaluces, que albergaban un trémulo destello en su interior.
– Tienes que encontrarte con alguien, mañana al mediodía, aquí mismo, junto al cañillo (7). Es un hombre – aclaró Carmen sin dejar de mirar a los ojos de Sara -. Se hace llamar Víctor… Le reconocerás porque vestirá camisa blanca y llevará una talega colgada a la bandolera; además, en el dorso de su mano izquierda luce tatuado el fruto de un granado.
(7) Caño de agua, fuentecilla.
Sara permanecía atenta a cada palabra que salía de los labios de la bordadora.
– Tranquila. Toda su documentación está en regla… Por si os paran los milicianos en algún control. Y tú, de momento, no tienes nada que temer. Llevarás un pañuelo rojo y negro anudado al cuello para que él, a su vez, pueda reconocerte. Deberás conducirle hasta a la Chanca – Carmen vaciló por un instante -. Una vez allí, procura ayudarle en todo lo que te pida… En todo lo que puedas…
Un ligero temblor recorrió el labio superior de la joven modistilla; su maestra, advirtiendo la agitación interior de la joven, tomó sus manos entre las suyas antes de proseguir hablando.
– No te puedo decir nada más – se justificó -. Nuestro visitante, una vez que cumpla con su cometido, se irá por donde ha venido y tú seguirás con tu vida como si no hubiese pasado nada.
Carmen miró a su alrededor con cautela, entornó los ojos y, en voz muy baja, recitó el Ave María. A continuación, tras soltar las manos de modistilla, la dio un beso en la frente.
– Vete a casa. No pases hoy por el taller. Y recuerda, mañana a los doce.
Sara tragó saliva, asintiendo con un leve movimiento de su cabeza.
– Y ahora vete – la ordenó Carmen con suavidad, pero con la misma determinación que un oficial en el frente envía a sus hombres a una misión tras las líneas enemigas en la que, probablemente, se encontraran con la muerte. Era una prerrogativa atroz, un amargo privilegio de quienes ostentan el mando, que gravitará sobre sus hombros como una enorme y pesada losa, toda esta vida y también en la que viene.
II.- El encuentro.
El repicar de las campanas de las iglesias anunciando la llegada del mediodía, uno de los tres toques del Ángelus, se había extinguido muchos meses atrás. Los almerienses no contaban ya con ese ronco tañer que les indicaba en que momento exacto del día se encontraban. No obstante, Sara llegó puntual al lugar en donde debería de encontrase con aquel sujeto; un hombre que, posiblemente, vendría del otro lado; de Sevilla, quizá. Por un instante la invadió la duda… ¿Sería un fascista como aquellos a los que se refiere la propaganda con la que el Frente Popular, machaconamente, impregnaba cada instante de la vida cotidiana de quienes habitaban en la ciudad? ¿Habría de encontrase, por lo tanto, con un agente de Burgos, de Roma o de Berlín, un ser depravado y despreciable, un enemigo del pueblo, de la gente llana y humilde, un siervo sanguinario de los oscuros intereses que poseían la curia, los terratenientes y los poderosos?
Sin embargo, lo cierto era que, en realidad, en aquellos días se tildaba de fascista a todo aquel que se opusiera a las pretensiones de la izquierda obrera o tuviese un Dios al que rezar.
El sol reinaba en lo más alto cuando Sara se detuvo junto al emblemático cañillo que presidía el lugar. Un hilo de agua se deslizaba desde la pileta al suelo, dibujando un curso tan mínimo como caprichoso sobre los adoquines de la calzada.
– ¿Sara?
Una voz, varonil y aterciopelada al mismo tiempo, surgió desde su espalda sorprendiéndola; de un respingo, la muchacha dio media vuelta para encarar a quien a ella se dirigía pronunciando su nombre.
– Hola. Tú debes de ser Sara – la voz, esta vez dotada de un rostro, volvió a dejarse oír: – A mí me llaman Víctor.
El hombre que, vistiendo una camisa blanca y portando una talega colgada a la bandolera, permanecía de pie a escasos pasos de ella era alto, esbelto, de no más de treinta años; su cara, aceitunada y curtida por el sol, albergaba, al igual que dos trocitos de lapislázuli, unos ojos tan azules y vivos como el Mediterráneo en calma; bajo el labio inferior, hundida en la barbilla, una cicatriz atestiguaba valor probado; el pelo, negro y fosco, alborotado, caía sobre su frente formando un mechón azabache.
Sara, sin poder quitar los ojos de los del visitante, asintió levemente; éste, esbozando una amplia sonrisa y, sin mayor dilación, la tomó por el brazo.
– Pero… ¡Qué es lo que haces, mentecato! – protestó la modistilla apartándose apresuradamente.
– Lo siento – se disculpó Víctor sin que el chisporroteo que emanaba de sus ojos azules perdiese ni un ápice de intensidad -. Creí que, para no llamar mucho la atención, sería buena idea hacernos pasar por novios…
– ¡Será mejor que tengas las manos quietas! Además, no sabes lo que estás diciendo. Aquí me conoce todo el mundo… Y se sabe que no tengo novio, ¡Ea! – visiblemente enojada, Sara se encaró con el recién llegado.
– Será porque tú no quieres…
Sara tragó saliva. Aquel chico, Julián. A ella le gustaba mucho. Y estaba segura de que él bebía los vientos por sus ojos negros. Se lo llevaron al frente.
– Entonces ¿Qué soy yo tuyo? – insistió Víctor con picardía interrumpiendo los pensamientos de la joven -. Tenemos que saber lo que vamos a decir si nos dan el alto los rojos…
– Un primo, un primo que viene de…
– Si puedes ir paseando del brazo de ese primo tuyo sin sonrojarte me vale. Da igual de donde venga…
La modistilla accedió no sin dibujar un leve mohín en su rostro. Víctor, más que un agente encubierto de los nacionales, parecía un frescales que intentase sacar provecho de la situación para arrimarse a ella lo más posible, al igual que los moscones que, antes de la guerra, pululaban por los bailes de las ferias. Sin embargo, Sara se dejó llevar sintiendo junto al suyo el cuerpo de aquel joven que, a pesar de haberle conocido hacía apenas un minuto, la turbaba sobremanera; su primer pensamiento, al sentir el tacto de su ocasional acompañante es el de no haber sentido tan cerca un cuerpo tan recio y fibroso. Posiblemente, pensó, ese cuerpo perteneciera a un combatiente; un soldado que llevaba el tatuaje de una granada en el dorso de la mano izquierda.
– Quieres que te lleve a la Chanca, ¿verdad? – dijo la muchacha intentando sacudirse el rubor que la invadía.
– Claro – aseguró Víctor – Así, paseando. Tranquilamente. No nos conviene levantar sospechas – añadió mirando de soslayo a la pareja de milicianos que permanecían apostados en una esquina al final de la calle -. Así que, sigue hablando…
– ¿Y que quieras que te diga?
– Cualquier cosa; algo que no te incrimine… Por si luego me van mal las cosas.
– ¡Qué agorero que eres! Pues que sepas, que aquí estamos hartos de sufrir – rezongó la modistilla.
– No es diferente al otro lado; te lo aseguro – se lamentó Víctor-. Pero deja la maldita guerra ahora; dime que haces un día cualquiera – demandó a continuación mientras se dejaba llevar calle abajo, impregnado su voz de añoranza. Dos largos años de contienda civil habían borrado de su memoria el recuerdo de las sensaciones cotidianas, el sabor de un día como cualquier otro en una pequeña capital andaluza.
– ¡Qué cosas me pides! – protestó amablemente Sara.
El rechazo inicial que había sentido ante aquel extraño estaba mutando apresuradamente; comenzaba a sentirse a gusto en su compañía, siguiendo el compás que marcaban sus pasos, ágiles y seguros, dejándose llevar, casi colgada de su brazo, mientras furtivamente, sin que él se diese cuenta, intentaba encontrar el destello azul de sus ojos.
Por primera vez en muchos meses, Sara se sentía liberada; liberada de ese miedo, denso y pegajoso, que solía acompañarla a todas partes.
– Estamos en la Chanca – advirtió la joven cuando llegaron a su destino.
– Busquemos un sitio cerca de los barrancos donde podamos estar un rato sin levantar sospechas – Víctor acompañó sus palabras con un gesto grave. Por primera vez, Sara advirtió en su acompañante un atisbo de inquietud.
Acomodados en una pequeña ladera, donde los límites de la ciudad se difuminaban hasta desaparecer, Sara y Víctor dominaban con la mirada un extenso paisaje de ramblas y quebradas, de suaves pendientes salpicadas de aloe y romero que, indolentes bajo el sol, se extendían hacia el suroeste.
Víctor recorrió con la mirada la vasta extensión que tenían frente a ellos; el azul intenso de su mirada saltó ávidamente de un lado a otro, por aquí y por allá, en un intento de capturar y archivar en su mente cada pendiente, cada hondonada, cada palmo de las trochas de arena que zigzagueaban entre matojos.
Sara presentía que algo iba a suceder. No se atrevía a preguntar a su acompañante sobre el porqué de su estancia allí; se limitaba a contestar las preguntas que le hacia éste sobre su vida en la ciudad de la Alcazaba.
– ¿De verdad que no tienes novio? – Víctor volvió a la carga.
La modistilla sintió un aguijonazo en el estómago. Contestó con un escueto monosílabo. En su interior se atrevió a pensar que, si eso era así, posiblemente se debería a que nadie le había causado la impresión que le estaba haciendo sentir ese hombre, llegado del otro lado, en el poco tiempo que llevaban juntos.
El desvencijado furgón que, prorrumpiendo un sonoro petardeo, apareció en dirección a los barrancos llamó de inmediato la atención de la pareja. El trasto, groseramente engalanado con las iniciales de varias de las variopintas facciones que componían el Frente Popular, se deslizó ladera abajo hasta que un cambio de rasante, propiciado por la existencia de un pequeño promontorio, lo hizo desaparecer de su vista.
Víctor pareció emerger de un letargo autoimpuesto, de una continencia perfectamente controlada. – ¡Vamos! – cogió la mano de Sara tirando suavemente de ella. Tras comprobar aquel camión no llevaba escolta, clavó la mirada en el collado que se interponía entre ellos y el camino que habían tomado los milicianos.
Sara tuvo la impresión de que aquello que tenía que suceder, el motivo oculto por el que aquel hombre que tanto la inquietaba se encontraba allí, acaba de hacerse presente. Se sintió contagiada de la excitación de su acompañante, siguiéndole rauda en su caminar, con la mano aferrada a la suya y los ojos puestos en la pedregosa ladera que debían coronar.
El viento del Mediterráneo les saludó, acariciándoles en el rostro, cuando alcanzaron la cima de aquel cerro. Los ojos de Sara parpadearon en un intento de mantenerse a salvo de las finísimas partículas de arena que el aire transportaba; fijó la vista al frente, con un anhelo inusitado, deseosa de poder alcanzar la inmensidad de agua salada que se adivinaba gobernando el horizonte. Fue entonces cuando se percató del porqué de su presencia allí, donde la ciudad languidecía; supo, en ese preciso instante de clarividencia, cuál era el cometido que había traído a Víctor hasta Almería. Entreabrió los labios para poder llenar sus pulmones de aire, obligada por la presión que comenzaba a sentir en el pecho advirtiendo de que, posiblemente, el miedo estuviese dispuesto a visitarla de nuevo.
Aquel era el camino que conducía a la Cueva de la Campsa (8), uno de los objetivos militares más apetecidos por los insurrectos.
(8) Cueva artificial usada como escondite para la ocultación de combustibles y otras mercancías estratégicamente valiosas para el Ejército republicano.
III.- La despedida.
Los ojos de Víctor se posaron mansamente en los de Sara.
– Ahora debes irte – sus palabras, aunque dóciles, pronto adquirieron el tono de una orden.
La modistilla vaciló por unos instantes.
– Date la media vuelta y, desandando el camino por el que hemos venido, regresa al lugar donde nos encontramos, junto a aquella fuentecilla. Busca un sitio que te permita permanecer por allí sin llamar mucho la atención. Luego iré yo -. Víctor hizo una pausa; una vez elegidas las palabras que iba a pronunciar continuó diciendo:
– Si por cualquier motivo, al cabo de una hora, no estoy yo allí, márchate.
Sara asintió con un gesto. Fue incapaz de pronunciar palabra alguna. Ni una sola pregunta, ningún adiós. Tan solo intentó atrapar con la mirada el rostro del hombre que tenía enfrente antes de comenzar a caminar. Cuando las primeras calles de la ciudad se perfilaron ante ella, la modistilla tuvo la intención de girarse, de buscar con sus ojos brunos la silueta de Víctor. ¿Permanecería todavía en aquel collado? ¿Le podría ver desde donde ahora ella se encontraba? O, por el contrario… ¿Habría desaparecido ya en pos de aquello que constituía su misión?
El grupo de milicianos que, caminando en dirección contraria, apareció al final de la callejuela por la que transitaba reclamó instantáneamente la atención de la modistilla. Al cruzarse con ellos, en medio de un océano de miradas libidinosas, un bosque de puños en alto se alzó saludando al pañuelo rojo y negro que Sara lucía anudado en torno a su esbelto cuello.
“Creen que soy una miliciana más” – pensó mientras, maquinalmente, devolvía el saludo imitando ese gesto, agresivo y amenazante, cerrando la mano izquierda y levantándola a la altura de su cabeza.
Por un instante pasó por su cabeza la idea de que aquellos con quienes se cruzaba pudiesen llegar a enterarse de lo que realmente se traía entre entre manos, aunque ella misma no llegase a saber aún con certeza cuál era el cometido de la visita de Víctor a Almería. De lo que estaba segura era de que, si aquello que bullía en su mente, por cualquier motivo, se hacía realidad sería detenida y tratada como una espía.
Un escalofrío sacudió todo su cuerpo de pies a cabeza cuando, inevitablemente, los testimonios que circulaban por toda la ciudad sobre el destino de los detenidos se hicieron presentes. Era del todo conocido que en los centros de detención e interrogatorios regentados por los acólitos del Frente Popular se humillaba y despersonalizaba constantemente a quienes permanecían allí confinados; la comida escaseaba, la ropa era todo un privilegio y los métodos más brutales de tortura coexistían con otros mucho más sofisticados.
Una de las checas (9) más temidas era la que se ubicaba en el Cortijo Fischer. En aquel chalet palaciego, antaño propiedad de una familia burguesa de origen danés y requisado por el gobierno de la República al inicio de la guerra, se llevaban a cabo los interrogatorios de los detenidos en los que, en innumerables ocasiones, se empleaban los métodos propios de la NKVD (10), la policía secreta soviética. Para tales fines, se había instalado en el palacete una “sala del silencio” en donde los sometidos a interrogatorio deberían de permanecer de pie, desnudos, sin moverse ni pronunciar una sola palabra, durante horas, e incluso días, antes de ser sumergidos en un tanque de agua próximo al edificio para así hacerles hablar.
(9) Centros de detención, tortura y represión utilizados durante la Guerra Civil que operaron con absoluta impunidad en la España republicana.
(10) Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, ministerio de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Algunos de los desdichados que tuvieron la mala fortuna de pasar por aquel preventorio y fueron posteriormente juzgados sumarísimamente y condenados a muerte, debieron de ser puestos ante el paredón sentados, descoyuntados sobre viejas sillas de madera, debido a que su estado físico tras las interminables palizas recibidas día tras día les impedía hacer cara de pie al pelotón de ejecución. Por otro lado, una buena parte de los desafectos al régimen republicano que conseguían salir con vida de aquella casa de los horrores acababan dando con sus maltrechas anatomías en un campo de trabajo que se encontraba operativo dese la primavera pasada en Turón, (11) localidad situada en el sureste de la provincia de Granada, limítrofe con Almería, donde el índice de mortandad entre los allí recluidos resultaba elevadísimo convirtiéndole, de facto, en un campo de exterminio.
(11) En mayo de 1938, por decisión del jefe militar de la zona, José María Galán (jefe del XXIII Cuerpo de Ejército republicano y miembro del PCE), se creó dicho campo de trabajo con la supuesta intención de construir una carretera al vecino pueblo de Murtas. Según varios historiadores, la verdadera intención era eliminar físicamente a los sospechosos de formar parte de la quinta columna almeriense.
Sara, instintivamente, apretó el paso como si desease alejarse de tan perniciosos barruntos; se sintió algo más aliviada cuando la Puerta Purchena, ataviada con su popular cañillo, volvió a aparecer ante sus ojos. Según las instrucciones que había recibido de Víctor debería de esperar allí, al menos una hora, a que éste regresara; luchó por desterrar del todo los pensamientos oscuros que, obstinadamente, se amontonaban en su cabeza, sentada sobre una de las grandes rocas que vomitó la tierra tras uno de los bombardeos de los nacionales. Desde allí, podía ver parte del camino que había recorrido momentos antes y, a la vez, intentar zafarse de la ansiedad a la que se estaba viendo sometida presenciando el incesante goteo de gente a su paso por la fuente: la señora Rosa, la “Chirría”, que acudía como cada día a su cita para llenar de agua fresca la damajuana con la que se proveía durante toda la jornada; Casimiro, el sastre, quien solía aplacar la sed en el cañillo, intentando ocultar con un caminar recto y erguido, henchido de una rudeza impostada, su afición a vestir en la intimidad medias de seda y saltos de cama; Luisito, el hijo del pobre Olegario, a quien la esquirla de un proyectil alemán arrancó media cara el pasado año; la “Cuajá”, esa mala pécora de la Bernarda, celosa guardiana de la revolución desde sus inicios, que hacía las veces de confidente de la Brigadilla apostada en las porterías de las casas de vecinos del centro que supuestamente regentaba…
El tiempo fue pasando a regañadientes. La hora de espera expiró. Sara prorrogó por unos minutos más su estancia en aquel lugar; una vez, y luego otra más. La mirada puesta en las calles que deberían dejar entrever la silueta de Víctor avanzando hacia ella; las manos, con los dedos entrelazados, descansando en su regazo; el corazón, extrañamente espoleado por una sensación inquietante, a punto de desbocarse en el pecho.
Sara tardó en darse por vencida, pero, finalmente, abandonó afligida aquel lugar dejando al cañillo reinando en el centro de la plaza, como fiel testigo de la historia de la ciudad y de las luces y sombras de todos aquellos que, sedientos de agua y paz, se acercaban a sus dominios.
Aquella noche se oyeron explosiones y disparos en la lejanía. De madrugada, la jauría humana que integraba la Brigadilla recorrió las escaleras de cada edificio del centro de la ciudad, sedienta de sangre, hasta que llegó el nuevo día.
IV.- El reencuentro.
La guerra había terminado hacía ya varios meses. Almería se debatía entre la justicia y la venganza, intentando curar heridas que, muy posiblemente, abrirían otras nuevas. La bandera roja y gualda se había instalado en los balcones y ventanales de los edificios públicos y en las casas particulares; desde tan privilegiada ubicación, la enseña bicolor contemplaba el quehacer diario de los habitantes de la ciudad afanados en recobrar todo lo rutinario y común que la tan ansiada paz parecía haberles devuelto.
Sara había pasado la última semana recuperándose de una dolencia que había obligado a la modistilla a guardar cama. En aquella mañana que presagiaba el final del verano, repleto de nubes blancas y algodonosas el cielo añil sobre el Mediterráneo, la joven se sintió lo suficientemente restablecida como para continuar con sus quehaceres.
Carmen la estaba esperando en el taller, convertido en improvisado lugar de peregrinación de todos aquellos que se acercaban a la costurera con la intención de estrechar su mano y dedicarla sinceras frases de gratitud, suplicarle algún favor personal o pedir clemencia para alguno de los suyos políticamente señalado por los vencedores.
– Siéntate a mi lado, hija… Y dime como te encuentras – la voz de Carmen acarició a la recién llegada. Lejos de gozar del protagonismo que su labor en favor de las tropas nacionales la había otorgado, la modista vivía sus días exclusivamente centrada en su taller, el sindicato y en la Iglesia.
– Estoy mucho mejor – la respuesta de Sara, acompañada de una sincera sonrisa, no se hizo esperar.
– ¡Cuánto me alegra oír eso! – Carmen, con suma delicadeza, acarició el cabello de su pupila -. Tengo un encargo para ti… Pero tranquila, no es como los de aquellos tiempos.
A pesar de que la feroz contienda había finalizado recientemente, cada vez que tenía que hablar de la guerra, la modista se esforzaba por relegar a un pasado hondo y lejano todas esas vivencias que, indefectiblemente, la habían marcado para siempre.
– Tengo que abonarle las telas recibidas anteayer al bueno de Mateo Casamata… El pobre no se puede mover, postrado en la cama está debido a un severo ataque de lumbago, y le es del todo imposible venir a Almería. Y yo no estoy ya para hacer muchos viajes – continuó diciendo Carmen -. Así que irás tu a pagarle. En un sobre marrón, bajo el mostrador, encontraras ciento cincuenta pesetas; y toma esto – entregó a Sara, junto a un salvoconducto visado por las autoridades militares, una cantidad de dinero en moneda nacional -. Esto te servirá para pagarte el viaje de ida y vuelta hasta Baza y hospedarte en casa de doña Amparito, que regenta una pensión para señoritas de lo más limpia y decorosa.
– Yo encantada, doña Carmen, pero mi madre…
– Ya he hablado con ella, tranquila. Tengo su permiso para hacerte este encargo. Además, tú ya sabes cómo comportarte, pues hemos hablado mucho sobre qué cosas están vetadas a una joven de tu edad…
La idea de traspasar los límites de la ciudad resultó para Sara tremendamente sugerente. Baza se antojaba como un destino tan lejano como enigmático.
Ultimados los preparativos del viaje, al día siguiente, la modistilla subió a bordo de la vetusta camioneta que cubría el servicio por carretera con destino a Granada y provincia, un transporte militar reconvertido para uso civil, portando un hatillo en el que guardaba una muda y algo para comer; el sobre con el dinero que debía de entregar al señor Casamata en Baza quedaba oculto entre la ropa que cubría los más íntimo de su lozana anatomía.
A pesar de que el trayecto, a poco de comenzarse a recorrer, se tornó en insufrible por lo tortuoso de la carretera por la que transitaban, la modistilla no dejaba de absorber con la mirada, sus ojos brunos llenos de curiosidad, los paisajes que se iban sucediendo. A cada paso, su ánimo parecía decaer cuando los daños ocasionados por la guerra se hacían evidentes: campos sin cultivar, granjas y vaquerías vacías, cortijos abandonados…
Pero las ganas de abrirse a la vida, de permitir que ésta entrase en ella a raudales después de todo lo pasado, hacían que el ánimo de la joven se recuperase nuevamente con la mera contemplación del cielo límpido de nubes sobre las llanuras salpicadas de almendros.
Baza recibió a Sara con el gesto adusto de una ciudad recientemente sacudida por la barbarie. Durante la contienda, en aquella comarca, principalmente controlada por el bando republicano, se instaló una de las líneas del frente, por lo que la ciudad sufrió severos bombardeos que obligaron a sus habitantes a construir una serie de refugios subterráneos que comunicaban la villa de un extremo a otro.
Otras muchas personas, en su mayoría hombres jóvenes que no deseaban ser reclutados para participar en los combates, optaron por ocultarse en las cuevas que salpicaban la comarca bastetana donde pudieron sobrevivir gracias a la ayuda incondicional algunos de sus convecinos.
Sara cumplió a la perfección con su cometido a primera hora de la tarde, después de saciar el hambre con el frugal almuerzo que celosamente guardaba en su hatillo. A continuación, visitó a doña Amparito en la pensión que ésta regentaba y en donde, por indicaciones de su mentora, debería de pasar la noche para, a la mañana siguiente, tomar la camioneta de vuelta a Almería.
– La cena se servirá a las ocho y media – doña Amparito, totalmente vestida de negro y luciendo un ostentoso crucifijo plateado en el pecho, recitó a su huésped las normas por las que se regía la hospedería que ella regentaba -. Hasta entonces, si lo deseas, puedes quedarte en el saloncito; hay algunos ejemplares del “Arriba” (12) y algo de costura para entretenerte. ¡Y a las nueve en punto en la cama! – advirtió mientras recibía el pago de sus servicios.
(12) “Arriba” fue un periódico fundado originalmente en 1935 con el formato de semanario, órgano oficial de FE de las JONS, censurado y clausurado por las autoridades de la Segunda República en 1936. Tras el estallido de la contienda, en la zona sublevada surgieron numerosas publicaciones de carácter periódico bajo el mismo título. Finalizada la guerra en 1939 comenzó a editarse como diario.
Ya que el ofrecimiento de la patrona no la seducía en absoluto, Sara decidió amortizar el tiempo que restaba para la cena dando un paseo por la ciudad utilizando como excusa el deseo de visitar una iglesia.
– No lejos de aquí, en la Plaza Mayor se encuentra Santa María de la Encarnación -. Doña Amparito, nada más pronunciar esas palabras se santiguó tres veces -. Fue profanada por los rojos, que la utilizaron como cárcel… ¡Volverla a ver tal y como estaba antes de la guerra va a ser tarea difícil! – se lamentó antes de girarse sobre sí misma y poner rumbo a sus habitaciones.
Una vez en la calle, la modistilla, deseosa de apurar ese momento de libertad, recorrió ávidamente las calles de Baza en un intento de disfrutar del transcurrir de la tarde, plagada de ecos y voces. Los rostros de la gente, aquellos con quienes se cruzaba en su improvisado camino, la daban noticia del pulso de la ciudad en la que ahora se encontraba; semblantes en ocasiones radiantes, orgullosos, pertenecientes en su mayoría a quienes, en comunión con quienes habían ganado la guerra, la vida volvía a sonreír; otros rostros, sin embargo, que atestiguaban temor e incertidumbre, pertenecían a aquellos que, de una manera u otra, se habían identificado con la causa de los que resultaron derrotados.
En la Plaza Mayor de Baza, junto a la Iglesia Mayor, un nutrido grupo de jóvenes, ataviados con camisas azules iniciaban la marcha en formación escoltando a una sección de Sanidad Militar. Destacando sobre todos los demás, doce enfermeras se afanaban en ayudar a los heridos puestos a su cargo que, tras haber recibido los sacramentos, iniciaban el regreso al hospital militar.
Sara se sintió fascinada al contemplar a aquellas mujeres enfundadas en sus níveos uniformes, algunos de ellos salpicado por alguna condecoración, entregadas a su labor. Sabía que, lejos de constituir una actividad marginal, su misión fue esencial para el sostenimiento del esfuerzo bélico en el bando nacional, integrándose dentro de una estructura organizada y jerarquizada que combinaba formación sanitaria, disciplina militar y adoctrinamiento ideológico. Acabada recientemente la guerra, continuaban prestando atención y cuidados a todos aquellos que habían padecido en su propia carne la ira de Marte.
Los pasos de Sara se multiplicaron raudos sobre los adoquines que conformaban el suelo de la plaza en un intento de acercarse a los vehículos en donde iban acomodando a los heridos para su traslado. La inmensa mayoría de quienes deambulaban por la plaza en esos momentos detuvieron su caminar para arremolinarse, entre aplausos y vítores, en torno aquel singular séquito.
En primer lugar, marchaban aquellos que podían caminar por su propio pie, no sin dificultades, luciendo todo tipo de vendajes en el torso, la cabeza y los brazos; a continuación, auxiliados por las damas de blanco, se disponían sobre sillas de ruedas, carrillos y parihuelas las anatomías de quienes aún no podían mantenerse erguidos; cerraban tan atormentado cortejo un par de jergones portados por varios soldados en los que se adivinaban dos cuerpos yacientes.
Al paso de estos últimos, una honda desazón se apoderó de los presentes; algunos, ante la visión de las anatomías destrozadas que ante ellos desfilaban, volvían la cabeza; la mayoría dibujaba en sus rostros muecas que iban desde la más honda compasión a la repugnancia.
Sara no pudo desviar la mirada. Contuvo la respiración al paso del primer jergón, en el que pudo adivinar la silueta de un torso brutalmente mutilado, metáfora palpitante del sufrimiento causado por la guerra. En ese preciso momento, las mujeres que permanecían de pie delante de la modistilla se echaron hacia atrás emitiendo un ahogado gemido de estupor; a continuación, como si quisiesen resguardarse a toda prisa huyendo de tan dantesca visión, dieron media vuelta desapareciendo entre los allí congregados.
Al no haber nadie ya delante de ella, la joven quedó a escasos metros del segundo jergón que avanzaba lentamente cerrando la comitiva. Pudo ver con claridad la figura quebrada e inmóvil de un hombre tendido boca arriba; una ligera manta le cubría hasta la cintura. Su rostro, macilento, salpicado de una barba carente de cuidados desde hacía algunos días, se estremecía sacudido por un incesante temblor.
Sara tardó apenas unos segundos en reconocer a Víctor. Aunque, de manera inexplicable para ella, quien pasaba ante sus ojos postrado en su lecho de dolor ambulante apenas se ajustaba a la imagen, que permanecía nítida en su mente, del enigmático hombre que tanto la fascinó: el intenso azul del Mediterráneo ha sido borrado de sus ojos, por efecto de la morfina suministrada para intentar paliar el dolor, y su mirada, extraviada, aparecía cubierta con un velo oscuro; la cicatriz que exhibió con gallardía bajo el labio inferior había mutado en un costurón violáceo, ancho y sinuoso, que difuminaba los rasgos propios de la barbilla deslizándose hasta la garganta y sus labios, finos y agrietados, apenas dejaban rastro de la voluptuosidad que engalanó su boca.
Apesadumbrados, los ojos de la modistilla se movieron vertiginosamente en busca del dorso de la mano izquierda de aquel desdichado en un intento de corroborar la existencia de una granada tatuada.
Sara no pudo moverse. Quedó petrificada en el sitio hasta que todos los integrantes de la sección de Sanidad Militar desaparecieron abordo de los vehículos que debían de transportarlos. En su mente, la imagen de aquel hombre, llegado a Almería desde el otro lado de la línea del frente, pugnaba por convencerla de que quien yacía inánime en aquel jergón no era él, sino otro cualquiera que un día llego a tener un porte parecido y el mismo gusto por los tatuajes. Intentó convencerse de que no se trataba de aquel desvergonzado y valiente quintacolumnista que la había robado el sueño durante meses y que de vez en cuando seguía apareciendo en sus duermevelas.
Se sintió reconfortada cuando logró convencerse de que Víctor había muerto aquella misma noche, el día en el que le conoció; fue alcanzado por las balas de los milicianos cuando llevaba a cabo un intento de sabotaje contra la cueva Campsa en colaboración con un grupo clandestino de la Falange local. Su cuerpo descansaba junto al de varios de sus camaradas, al auspicio de una Cruz, en una de las quebradas que jalonan la abrupta geografía que rodea la ciudad de Almería.
Mojácar, 25 de septiembre de 2026